
«Antes de que todo comenzara ya existía aquel que es la Palabra. La Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios.» S. Juan 1:1 (Versión Lenguaje Actual)

Al crear el universo, la tierra y sus criaturas, Dios deseó comunicarse y fue entonces que el Todopoderoso se reveló al género humano a través de la inspiración por el Espíritu Santo.
A través de Las Escrituras, nos damos cuenta que la Palabra fue escrita por inspiración Divina a lo largo de los años, quedando grabada para la posteridad. De esta manera, la Palabra Eterna se convirtió en Palabra escrita.
En un principio, los manuscritos Divinos se plasmaron en piedra [como los 10 Mandamientos que Dios le dio a Moisés], utilizándose posteriormente materiales como tablillas de arcilla, pieles, papiros, pergaminos, y diversos materiales guardándose celosamente.
Pocos siglos antes del cristianismo, el mundo se empezaba a «globalizar» y se necesitaron traducciones de los escritos Sagrados al idioma universalmente hablado, que en ese tiempo era el griego. De allí nació la primera traducción de la Biblia llamada La Septuaginta, esta fue traducida del hebreo a la lengua griega.
Al paso de los años, diversas traducciones ayudaron a que más personas conocieran las Sagradas Escrituras llegando hasta nuestros tiempos. Actualmente, existe una gran cantidad de traducciones que ayudan al mejor entendimiento y comprensión de la Palabra. Pero el verdadero deseo de Dios no es que solo tengamos su Palabra en un papel, sino que la guardemos en nuestro corazón y que la practiquemos día a día.
«He guardado tus palabras en mi corazón para no pecar contra ti» Salmo 119: 11 (Versión Dios Habla hoy).
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